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Mostrando entradas de agosto, 2019
Almendras amargas. Las almendras amargas también nutren pero saben mal, dejan el paladar seco y la sensación, aunque te hayas saciado, es inaguantable. En el otro lado de la montaña hay árboles con almendras dulces, pero da la casualidad de que están en puntos más elevados. ¡ Qué mala suerte! Eso te dices. Hay valles donde todas los almendros son dulces pero, por desgracia, no es tu valle. Entonces te empiezas a engañar y te dices que aunque amargas también te llenas y que ir a esos sitios escarpados te resulta imposible. Que si eres débil, que si dios no te dotó de buenas piernas, que si no te las mereces porque entonces serías una glotona. Que en el mundo hay otras cosas y causas más justas y que plantearte si en tu pequeño mundo, comparado con el inmenso universo, es relevante o no que comas almendras dulces o amargas. ¿ Por comer almendras dulces voy a cruzar ríos, montañas y escalar cumbres hasta llegar a la cima? Y encima de tus hombros hay alguien que en cada paso te empuja y ...
Y la sensación de hacer la pelota por inseguridades, traumas, no querer romper zonas tóxicas de confort y, encima, recibir una coz. Esa sensación la conoces, ¿ verdad?  Pero, ¿ sabes qué? Ellos se lo pierden. Amar, amar hasta doler. Aunque la almohada te reclame cordura. Pero quien se entrega hasta los talones en el lago de desesperación, en una desesperación que es inevitable, no debe valorar recompensas. Sólo debe saber que es un ser superior. Un ser de luz, que sufre pero que está tocado con la varita mágica de los elegidos. Y no ser obispo ni psicólogo, eso es una perdida de tiempo, el mayor de los tesoros. Sólo debes amarte. Y quizás cuando lo perciban el planeta invierta su movimiento de rotación y los polos magnéticos se cambien y todos esos metales vulgares, ordinarios, cotidianos se pegaran a ti desesperados. Tu planeta, con tu eje, tu núcleo y tu alma que es la más maravillosa que transita por el universo.
El guerrero. En el final de las batallas, en tu último aliento, los cuervos esperan en su atalaya, los quebrantos de tu cuerpo. Con la esperanza pérdida, sin sudor ni un solo sueño. Las noches serán más largas, tu muerte ya tiene dueño, las manos se hielan secas, te están silbando los muertos. La luna de sangre roja, los lagartos en el cieno, tu nombre no tiene historia, la vida nos es más que un fuego. La gloria no te acompaña, no hay poetas en tu lecho, solo amor a la agonía, frío, en silencio y yermo.
Pequeño relato sexual. ¿ Orgasmos? ¿ Deseo? Nada de eso importa. No son del todo importantes ante la posibilidad previa de poseer y que te den lo más íntimo al alcance de tu boca. Tan cierto como que el poder, y tenerlo sólo por tener dinero no importa. Verdadero artífice de lo artificial. Canal limpio que te acerca a lo que nadie tiene. Pero el poder, amigo, el poder es estar en una reunión, cerrar el puño y que se fijen en él. Arquear una ceja y dejarlos atónitos en ese gesto que preludia el silencio que los tiene paralizados ante tu conversación. Eso es poder. Eso es ser poderoso. Lo demás es una vulgaridad consecuencia de lo que la química y de lo que se puede palpar les proporciona. Ser un pastor de almas que ansían tu olor y tu boca. Provocar pasión y dolor extremo en tu ausencia y que te piensen mientras lo hacen con sus parejas. Ese es el bastón de mando, el báculo del gran mago blanco. ¿Pero eso no es ego? Por supuesto, la más adictiva y maravillosa de las drogas. Lo que ...
Verano del 1994. Dulce es el silencio del verano. Olores de la infancia se palpan con las manos. Grillos negros, madrugadas sin descanso. Venirse de vuelta caminando enamorado. La plazoleta repleta y gozosa de ladrillos anaranjados. La rutina de los bancos, los naranjos y los amigos sentados. Mientras la juventud se derrama sin que nos hubieran avisado. Más de veinte años se alejan de los gorriones dorados. Aves derretidas a nuestro paso, los amos de aquel pasado. Mirar atrás y morirse al recordarlo. Que el tiempo no tiene cura ni mi barrio es ya mi barrio.
Y de pronto nadie cercano te seduce. Sólo los mitos que vuelan con las cenizas de la historia. Y de repente la soledad es oro molido, en un engaño. Y al instante el peso del tiempo parece que te encorve hasta la espalda. Y buscas en los libros y en la belleza de los elegidos por el dedo de Dios esos ratos que te nutren aislándote. Y todo eso es malinterpretado como una condescendencia o un silencio petulante y cruel. Pero no es más que el poso del café más amargo. Eso que la mirada del tiempo ha infligido a tu ser destruyendo el paladar de tus ganas y la fe.  Esperando aferrarte a alguien como lo hacen las rémoras a los tiburones en un éxtasis de placer sanguíneo. Para delegar en una parasitaria existencia que te ahorre la cruel disciplina que requiere la autonomía en el pensamiento. Pero ya es tarde, imposible. Y no por falta de interés o por creer que lo sabes todo. Porque no sabemos nada. Y así es inevitable odiarte y estar harto de tus palabras y hasta de tus silencios. Y los ...
La cama sin sueños. Hay un mito sobre los pisos del franquismo, su accesibilidad y su propaganda. Hoy he tenido la oportunidad de hablar con una persona que no citaré, por salvaguardar su intimidad, y me ha contado una historia terrorífica. Empezaré diciendo que todo, evidentemente, estaba supeditado al rol que las mujeres y los hombres tenían, casi en forma de casta, en la sociedad medieval donde desempeñaban sus vidas en aquella España. Trabajos infinitos para los hombres mal nutridos ( hablo de la década de los cuarenta cincuenta) y las mujeres humilladas a la inequívoca seguridad de solo ejercer profesión en la casa, el campo o el servicio doméstico. En algunas zonas más industriales, capitalinas, algo menos pero les hablo de Jerez. Que aunque a pesar del auge bodeguero, en sus diferentes crisis, todavía ellas eran solo conejas presas del instinto del sacerdote en su afán por condenarlas al pecado y las llamas ante una natalidad mediocre y la entrega y total disponibilidad al mar...
Trece rosas como trece soles. Trece penas sin luto y sin médula en las flores. Trece barcas de Caronte. Trece cuchillos en el pecho de los hombres. Trece causas que son una y en ella los gladiadores. Trece almas de cera virgen, color tiniebla, como tiemblan los tambores. Trece rosas que se hielan sin que el relente las toque. Trece condenas al mundo, la libertad y al destino de los pobres.

La señora del gorro y las gafas raras.

La señora del gorro y las gafas raras. No suelo tomar café en verano, pero mi pareja es cafetera de necesidad, madruga mucho, y por marcar el rito parsimonioso de la tarde. A mí me gusta verla. Siempre me ha gustado mirar a mí pareja sin que se dé cuenta. Estábamos ya en la cafetería, a la que accedí, a regañadientes, pero nos sentamos. Pedimos y la camarera nos sirvió con tino. Las mesas del fondo estaban vacías y por la puerta entró una señora con un gorro muy británico y u nas gafas muy de realeza inglesa de los sesenta. Espero sepan reconocer el look sin más explicaciones. Venía acompañada por su hija y ella traía a su nieta. Un bebé inquieto pero no molesto. En seguida le eché el ojo, mientras mi compañera, más urbanita y civilizada que yo, se entregaba a su café y no le pareció aquello tan curioso como a mí. Tengo ese TIC de Paco Martínez Soria cuando iba a Madrid con la maleta. La camera las invitó a pedir, su hija pidió un café y la mujer del extraño gorro y las gafas s...