Uno está preso de sus traumas durante una etapa. Están ahí haciéndote daño pero sin advertirlos. Luego los descubres y te destrozan pero no tienes fuerzas ni herramientas, por la edad, para sacarlos del alma. A veces vienen de la familia, la tradición, la enfermedad, la ignorancia o sus costumbres. El siguiente paso es odiarlos, a una edad que se presupone más madura, cuando ya has visto al monstruo cara a cara y te salen las primeras palabras. Y empiezas a buscar culpables, derribar estatuas y dioses. Ellos han diseñado hasta tu manera de andar y respirar. Hasta que llega el perdón. La aceptación y la espada que los corta. Y suele ser cuando ya la vida te ha puesto en la cima de la montaña. Entonces renuevas, descartas y despides hasta alcanzar el zenit de la no venganza. Y renaces como un roble. El que pocos pueden talar sin dañarse las manos. Ya no existen el por qué a mí, sino el ahora yo. Todo cambia, todo. Lo inamovible solo es dolor. Y en ese bálsamo, en ese instante ves tu cuer...