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Mostrando entradas de octubre, 2019
Uno está preso de sus traumas durante una etapa. Están ahí haciéndote daño pero sin advertirlos. Luego los descubres y te destrozan pero no tienes fuerzas ni herramientas, por la edad, para sacarlos del alma. A veces vienen de la familia, la tradición, la enfermedad, la ignorancia o sus costumbres. El siguiente paso es odiarlos, a una edad que se presupone más madura, cuando ya has visto al monstruo cara a cara y te salen las primeras palabras. Y empiezas a buscar culpables, derribar estatuas y dioses. Ellos han diseñado hasta tu manera de andar y respirar. Hasta que llega el perdón. La aceptación y la espada que los corta. Y suele ser cuando ya la vida te ha puesto en la cima de la montaña. Entonces renuevas, descartas y despides hasta alcanzar el zenit de la no venganza. Y renaces como un roble. El que pocos pueden talar sin dañarse las manos. Ya no existen el por qué a mí, sino el ahora yo. Todo cambia, todo. Lo inamovible solo es dolor. Y en ese bálsamo, en ese instante ves tu cuer...
Escalera de los sueños, los peldaños rotos. Blancos relojes muertos, inmóviles ante el tiempo. Las llaves del Cancerbero, los dioses del quinto infierno. La verde luz del ocaso, los pájaros del frío invierno.
Se alejó como se van las aves frías. Allí tengo mi cuerpo, seco, observando su partida. Viendo como giran los planetas, en un milenio, mientras me pasa la vida. Sentado en una piedra gastada como el agua a la piedra caliza. Un viaje sin retorno, sin fe, sin dioses ni sirenas que se rían. Tenía un cuerpo deiforme ahora la luz de las anguilas. Hecatombe de toros en en mi Alma y en su sangre mi desdicha. Sólo me consuela pensar que una tarde fuiste mía.
En la vida un beso, en tu cuenco los mares,  en la sal de tu cuerpo en tus senos la suerte y en la espera te anhelo,  Viento del este, azar de planetas lentos, como yace el musgo verde, amando, sereno y quieto.