Transcurridos, de sobra, los diez días de adaptación propuestos por el capitán Eton, Pitt ya conocía los principales barrios de Jerez y, cómo no, había acatado la orden de comprarse ese traje que le permitiera pasear por la calle Larga con gallardía y jerezanía, y en su caso, con esas formas que sólo tienen impregnadas en las hechuras los británicos, destacar. La manera de acomodarse los puños de la camisa o mirar un reloj pueden decir mucho de un caballero. Esa frase se la recordaba su madre, repetidamente, cuando los domingos, en la misa dominical anglicana, a regañadientes, tenía que ir a cumplir con ciertas tradiciones que nunca había entendido demasiado. Era lunes, tras levantarse temprano, a las siete de la mañana, tras probar un poco de café y una tostada con aceite y azúcar, imposición de la pensión, que ni por asomo iba a replantearse unos huevos hechos en mantequilla con panceta y un poco de té, nuestro intrigante ingles se apresuró para no llegar tarde a la bodega. Desd...