Amar, que curioso. Amar está supeditado a la edad, la maternidad, la paternidad, la supervivencia, la inseguridad, el miedo, las zonas de confort, el daño que te hicieron en el corazón, la opinión de los pilares sólidos que crees que van a juzgarte frente a una decisión cuestionable. Amar, viniendo de vuelta, estando depresivo o eufórico, amar. A los veinte, o a los sesenta con disfunción eréctil o con el lívido por los suelos. Amar, secuestrados, desechados, anulados, acomplejados o en la supuesta gozosa venganza. Amar con hijos o sin ellos. En el escarnio público o en el púlpito de una iglesia. En la pureza o en la suciedad. Amar. Y, tras todo ésto, sólo se me ocurre una forma verdadera de amar. No interesarse en absoluto en si te aman o no. Si la vida tiene una opción para descartar lo racional es cuando se ama, drógate con eso. No te preocupes ni un instante en preguntarte si te aman. En el amor hay que morir, diluirse y entregarse. Sucumbiendo a su dramática injusticia y a sus fin...