Y de pronto nadie cercano te seduce. Sólo los mitos que vuelan con las cenizas de la historia. Y de repente la soledad es oro molido, en un engaño. Y al instante el peso del tiempo parece que te encorve hasta la espalda. Y buscas en los libros y en la belleza de los elegidos por el dedo de Dios esos ratos que te nutren aislándote. Y todo eso es malinterpretado como una condescendencia o un silencio petulante y cruel. Pero no es más que el poso del café más amargo. Eso que la mirada del tiempo ha infligido a tu ser destruyendo el paladar de tus ganas y la fe.
Esperando aferrarte a alguien como lo hacen las rémoras a los tiburones en un éxtasis de placer sanguíneo. Para delegar en una parasitaria existencia que te ahorre la cruel disciplina que requiere la autonomía en el pensamiento. Pero ya es tarde, imposible. Y no por falta de interés o por creer que lo sabes todo. Porque no sabemos nada. Y así es inevitable odiarte y estar harto de tus palabras y hasta de tus silencios. Y los minutos se hacen milenios. Y un milenio pasa en un segundo. Como pasa la vida y como dura la muerte.
Esperando aferrarte a alguien como lo hacen las rémoras a los tiburones en un éxtasis de placer sanguíneo. Para delegar en una parasitaria existencia que te ahorre la cruel disciplina que requiere la autonomía en el pensamiento. Pero ya es tarde, imposible. Y no por falta de interés o por creer que lo sabes todo. Porque no sabemos nada. Y así es inevitable odiarte y estar harto de tus palabras y hasta de tus silencios. Y los minutos se hacen milenios. Y un milenio pasa en un segundo. Como pasa la vida y como dura la muerte.
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