Almendras amargas.
Las almendras amargas también nutren pero saben mal, dejan el paladar seco y la sensación, aunque te hayas saciado, es inaguantable. En el otro lado de la montaña hay árboles con almendras dulces, pero da la casualidad de que están en puntos más elevados. ¡ Qué mala suerte! Eso te dices. Hay valles donde todas los almendros son dulces pero, por desgracia, no es tu valle. Entonces te empiezas a engañar y te dices que aunque amargas también te llenas y que ir a esos sitios escarpados te resulta imposible. Que si eres débil, que si dios no te dotó de buenas piernas, que si no te las mereces porque entonces serías una glotona. Que en el mundo hay otras cosas y causas más justas y que plantearte si en tu pequeño mundo, comparado con el inmenso universo, es relevante o no que comas almendras dulces o amargas. ¿ Por comer almendras dulces voy a cruzar ríos, montañas y escalar cumbres hasta llegar a la cima? Y encima de tus hombros hay alguien que en cada paso te empuja y te tira del ropaje para que le recojas su cosecha de almendras amargas. Y te dice e intenta convencer diciéndote que eres una quejica, una superficial y que estás sobrevalorando la palabra felicidad. Que el plan B es más amargo que las propias almendras. Pero pasados unos años te sorprendiste, encima de la cumbre, sola, sin que nadie cogiera tus preciosas muñecas, haciendo un dulce exquisito con las almendras dulces. Y ves el tortuoso camino como un tránsito y que lo otro era un confort impuesto, también dulce en su amargor porque nutría. Pero todo ya queda lejos. Todo no es más que pasado. Y tu vejez es un maná de leche de almendras. Unas almendras que nutren igual pero que tu castrado paladar y tu falta de amor hacía tu persona que te impedía ni siquiera plantearte que las merecías.
Las almendras amargas también nutren pero saben mal, dejan el paladar seco y la sensación, aunque te hayas saciado, es inaguantable. En el otro lado de la montaña hay árboles con almendras dulces, pero da la casualidad de que están en puntos más elevados. ¡ Qué mala suerte! Eso te dices. Hay valles donde todas los almendros son dulces pero, por desgracia, no es tu valle. Entonces te empiezas a engañar y te dices que aunque amargas también te llenas y que ir a esos sitios escarpados te resulta imposible. Que si eres débil, que si dios no te dotó de buenas piernas, que si no te las mereces porque entonces serías una glotona. Que en el mundo hay otras cosas y causas más justas y que plantearte si en tu pequeño mundo, comparado con el inmenso universo, es relevante o no que comas almendras dulces o amargas. ¿ Por comer almendras dulces voy a cruzar ríos, montañas y escalar cumbres hasta llegar a la cima? Y encima de tus hombros hay alguien que en cada paso te empuja y te tira del ropaje para que le recojas su cosecha de almendras amargas. Y te dice e intenta convencer diciéndote que eres una quejica, una superficial y que estás sobrevalorando la palabra felicidad. Que el plan B es más amargo que las propias almendras. Pero pasados unos años te sorprendiste, encima de la cumbre, sola, sin que nadie cogiera tus preciosas muñecas, haciendo un dulce exquisito con las almendras dulces. Y ves el tortuoso camino como un tránsito y que lo otro era un confort impuesto, también dulce en su amargor porque nutría. Pero todo ya queda lejos. Todo no es más que pasado. Y tu vejez es un maná de leche de almendras. Unas almendras que nutren igual pero que tu castrado paladar y tu falta de amor hacía tu persona que te impedía ni siquiera plantearte que las merecías.
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