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Mostrando entradas de diciembre, 2019
Cielos ingleses, mares de espuma, aves terrestres. Campos de bruma, setos inertes. Niebla del páramo, lunas crecientes, damas bailando, viejos jinetes. bosque de brujos, noche de sapos verdes, amores desesperados, dioses: ricos y pobres. Caballos encabritados, bodegas de vino alegre. La bruma de la mañana, las hojas de color ocre. La llegada del invierno, la caza de los señores. El té junto a un piano, el hogar junto a la lumbre. Los cuervos de los cercados, el puente de las dos torres. El brandy de la taberna, el correo de Londres. Larga vida a las hadas, Dios salve a los hombres.
Y si te dijera que el miedo y la pena son de cera. Que el tiempo es lo que cura y que la muerte sola espera. Que las aves siempre están de paso y que los mares se secan. Que tus lágrimas son de azúcar,  té de menta y canela. Que está en ti la cura y en tus entrañas las velas. Y en tu aliento de mármol blanco el sol que las derritiera.
A ésos que se delatan, los prefiero. A los que les hierve la sangre, a los que le puede el hierro. A los callados, perros y serviles, a ésos, que se los lleve el viento. En su falsa diplomacia, en sus estudiados silencios. Observando para vivir mas no viven sino huyendo. A ésos que van de frente, los que no tienen miedo, los que por una idea pierden su casa y su empleo. A ésos que estrechan fuerte, ni desprecian los deseos, por la libertad te vencen, a los que en la cárcel murieron. A ésos de los cortijos verdes, que con sus caballos huyeron. Todavía en las fosas inertes, chillan, calientes, las médulas de sus huesos. A ésos que todavía lloramos, silentes, los del olvido impuesto.
Los sabores perdidos de mi paladar seco, las sábanas blancas de mi deseo. El tiempo negro de tu silencio, las ganas de amar y los celos. La posesión inútil de tu cuerpo, en la ingrata sabiduría de que tus días no son míos, ni el color de tus besos. Necio quien crea tener entre las manos lo que no es más que fuego.
Con cinco naves al ponto, con la Escila, la muerte y tu vida. Con treinta sirenas me asombro, más no hay logros sin desdicha, ni amor que no cause lodo. Con mi lanza broncínea, con el escudo al hombro, agachado en tus rodillas, así, ante ti, me postro. A un porquero o a la reina, nadie vive sin deseos, mas el tiempo no perdona ni a lo bello ni a lo feo. Mis velas se hayan rotas, mis destino está sin puerto, el amor no tiene memoria, la vida no es más que un cuento.
Pájaro de largo pico, solo goza en el yantar, memoria de los borricos, como la cabra al pisar. Con el chusco conseguido, regresan para el hogar. muertos por su camino, sin querer mirar atrás. Pellizas, leña y cocido, ni una letra en el hogar, la mirada de un bovino, regocijo en el guardar, peleados con el mundo. todos me han de engañar, hígados de hambre y siglos, en ninguno he de fiar, que mis logros solo son míos, de Dios y de nadie más.
Los algoritmos en las redes permiten saber dónde te paras a ver qué producto te hace falta. Escuchan tus gustos y observan dónde escribes con énfasis expresando tus emociones o deseos. Todo ésto lo hacen con millones de usuarios al día. Te mandan publicidad sobre lo que hablas. Imaginad que hicieran lo mismo con la poesía, el cine, la escultura o la pintura. Tras analizar millones de emociones y pautas empezarán a conjugar los verbos, adverbios, imágenes, diálogos, colores, música, sustantivos y adjetivos de la forma más apropiada para dar vida a la próxima saga de novelas épicas o la siguiente película de la mafia. Ya es posible poner caras de actores que murieron en la década de los ochenta o rejuvenecer a cualquiera. Podríamos plantearnos que siempre detrás de todos estos software o apps, como se llamen en un futuro, tendría que estar la mano de un individuo para encajar determinadas piezas. Pero se me antoja que cada vez su número será menor. El excedente de artistas está en alza...
Los inviernos cansados, las mañanas de niebla, el relente pausado. Las flores marchitas, el tiempo parado. La muerte en la esquina con los relojes helados.
¿ De qué estoy hecho? De carne, esperanza y sueños. De los amores prohibidos, de las mañanas amargas y del paso del tiempo. De lo que no pudo ser y de los fracasos negros. De querer y no poder, de soledades impuestas y de los caminos rectos. De lo que se me escapó y de los inviernos lentos. De las ganas de vivir, de los ojos de tu cara y de desear tu cuerpo.
No podéis declarar vuestro mayor deseo, ni lo que contáis a la almohada, ni delatar el vicio más oscuro, ni expresar vuestra mayor idea malvada. No queréis decir quién es vuestro anhelo, sin condenaros a la nada. El corazón se te dispara viendo pasar el tiempo, mas ya lo disfrutas en la esperanza, al saborear los mitos, lo prohibido sabiendo, que no compartirías esas delicias, ni con los dioses ni con sus siervos.