Verano del 1994.
Dulce es el silencio del verano.
Olores de la infancia
se palpan con las manos.
Grillos negros, madrugadas sin descanso.
Venirse de vuelta caminando enamorado.
La plazoleta repleta y gozosa de ladrillos anaranjados.
La rutina de los bancos, los naranjos y los amigos sentados.
Mientras la juventud se derrama sin que nos hubieran avisado.
Más de veinte años se alejan de los gorriones dorados.
Aves derretidas a nuestro paso, los amos de aquel pasado.
Mirar atrás y morirse al recordarlo.
Que el tiempo no tiene cura ni mi barrio es ya mi barrio.
Dulce es el silencio del verano.
Olores de la infancia
se palpan con las manos.
Grillos negros, madrugadas sin descanso.
Venirse de vuelta caminando enamorado.
La plazoleta repleta y gozosa de ladrillos anaranjados.
La rutina de los bancos, los naranjos y los amigos sentados.
Mientras la juventud se derrama sin que nos hubieran avisado.
Más de veinte años se alejan de los gorriones dorados.
Aves derretidas a nuestro paso, los amos de aquel pasado.
Mirar atrás y morirse al recordarlo.
Que el tiempo no tiene cura ni mi barrio es ya mi barrio.
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