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La santa compaña.

Pequeño relato de terror.
La santa compaña.
La noche y su oscuridad tras una jornada con las bestias. En los páramos ocres de hojas marrones y verdosas que buscan pudrirse por compasión, antes que el invierno las disuelva como un limo negro que envenena a la tierra. Así, día a día, jornada tras jornada, la aldea gallega despertaba todos los otoños del mundo. Vacas robustas y sobradas de leche que no perdonan un día de fiesta. Ni el de santa María Inmaculada ni la noche de todos los difuntos y santos. Apenas treinta casas esparcidas por el viento bajo la loma de un monte de Ourense. Húmedo desde que el mar choco por primera vez con Galicia y triste por convicción. Una tierra plagada de hombres disueltos en agua y calados de desesperanza en la certeza de que todos los días eran eras y todas las eras minutos. Viejas meigas de pañuelos negros, niños que dejan de serlo por la necesidad del trabajo, el cántaro y los árboles mustios que les impiden el juego y unas mujeres que son fértiles como la luna. Entre remedios para la melancolía que deja el barro en los zapatos y las heces de los bóvidos en el alma.
La última noche de octubre de todos los años del señor la aldea se cerraba a cal y canto. Como hace la cristiandad con las lápidas y sus muertos. Es noche de gatos y garduñas, lobos y sapos. Solo de eso. Hasta los zorros pierden su color cobre para ser negros y ser cómplices en los aquelarres secretos. Todas las casas cerradas menos la taberna de Sito. Lugar donde los cazadores, buhoneros y caminantes de las sendas tomaban vino caliente al calor de la chimenea y un poco de queso para calentar las botas. Allí sentado junto a la lumbre estaba el doctor Laureano, como todas las noches. Hombre de ciencias incrédulo y soltero. No por no ser agraciado sino por el recuerdo de una mujer que no supo hacerlo feliz ni cargarlo de fe. Allí, entre el relámpago y la lluvia, sentado y medio dormido, fue avisado. Otro parto, otro raro alumbramiento en una tierra donde ya no nacía nada salvo el moho que mira al norte con altanería y desprecio. Otro niño, se decía el galeno, otra alma que no tendrá ni fama ni gloria, otro ser que molerá sus mañanas al producto lácteo o la tierra. Otro infante que quizás no pase la cuarentena y que la pulmonía secuestrará sin remedio alguno.
Así, en ese estado, recogió su maletín para dirigirse al pueblo más cercano. No podía negarse a atender a nadie, así figuraba en su juramento. El camino era largo, la noche fría y la luna ausente. Siempre iba solo, así le gustaba llegar a las casas, solo acompañado por el marido de la parturienta. Pero esa noche no iba a ser igual que las demás, a lo lejos y en una hilera de doce cirios vio a los gatos huir, a los perros ladrar y a las rapaces perecer en las copas de los árboles. A tan solo un tiro de piedra venía un alma en pena vestida de blanco con una capucha y portando una cruz, la mirada perdida y una sonrisa siniestra con los ojos de un tiburón antes morder un mero. Allí ataviado con una túnica estaba Sito el dueño de la posada, al que antes había visto sirviendo vino. Y junto a él, seis espectros a cada lado, doce, dándole escolta. Se quedó petrificado. Inmovilizado vio como Antonio, el marido de la encinta, estaba haciendo un círculo con una rama, invitándolo a entrar en él. Petrificado, inmóvil y bajo el yugo de la razón científica no aceptó la invitación. Aves marías, padres nuestros y una alusión a San Froilán empezaron a salir de la boca del que disfrutaba de la seguridad del círculo mágico. Pero el médico seguía como las montañas frente al viento del norte, quietas y con los riñones secos. Paso a paso las figuras que guía el diablo se acercaron, empezó a orinarse encima, quiso dar un paso hacía el círculo pensando en la virgen pero ya era tarde para la fe. El portador del madero, el líder de la comitiva le entregó los dos travesaños y se disolvió como la niebla cuando el sol de la tarde la aniquila. Así, sin quererlo y en la noche de todos los santos fue como la Santa compaña se llevó al purgatorio al tabernero y sustituyó su siniestra cabecera por Laureano Gregorio.
Las campanas anunciaron muerte, y el sepulturero enterró a Sito. En el periódico de la mañana se anunció el nuevo parto de un varón y los zorros volvieron a ser rojos. Mientras en su casa, el medico, tras haber vuelto a casa, y sin acordarse de nada, se levantó por la mañana sin conocer su destino funesto. A las doce de la noche y con tres golpes secos en la puerta, la muerte vino a buscarlo con la guadaña y la mano desnuda de huesos. Allí en la aldea más perdida de Ourense, fallecía Laureano, sin saber que ya estaba muerto.

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