El amante de sal.
No hay nada peor que querer amar sin estar enamorado,
sentir los barrotes de una cárcel de oro.
Tener la mirada en el pasado en la absoluta desesperanza. No esperar nada del amor ni de la vida. Aceptar al invierno y hacerle un traje de flores huecas. Se marchitan y no dan frutos. La fatiga será parte de tus pasos y nada te saciará salvo esos recuerdos amargos. Y solo, en esa vieja foto, que miras cuando nadie te ve está la verdad, en una absoluta desesperanza y certeza de lo funesto de tu destino. No amén sobreviviendo, háganlo entregando el alma al diablo. En el extremo de los barrancos de la locura. Así hay que amar: sudando en la cama, anhelando la saliva del otro como si fuera ambrosía. O la muerte, negra, implacable y certera, en cada paso que des, en tu divina belleza, te recordará que no habrá paz en tus días, jamás, ni otra primavera. Reina de la nieve, cuerpo de cera que no arde ni quema. Mirada al vacío y noches de condena. El amor es vender el alma por un susurro y no una quimera. Ningún bien, fama o gloria, así, valen la pena. Harán del otro un espectro con cadenas. Otra víctima insana de tu falta de coraje y por aferrarte a la pena. Tus facciones se disolverán como la lluvia en la arena. Te irás pudriendo como lo hacen las hojas en un bosque caduco. Poniendo tus palabras y las pupilas al sol, quemando lunas ajenas. Nadie merece ser el mastil de tu bandera si no corre el viento, si tus aves ya no vuelan. Si no mueres por quien te anhela. Tristes los que vagan y sueñan, pobres quien queriendo amar o amando no obtienen recompensa. Pobre diablo el que enamorado no sacia sus apetencias. Dulce muerte, amarga espera, como mueren los planetas cuando terminan las eras.
sentir los barrotes de una cárcel de oro.
Tener la mirada en el pasado en la absoluta desesperanza. No esperar nada del amor ni de la vida. Aceptar al invierno y hacerle un traje de flores huecas. Se marchitan y no dan frutos. La fatiga será parte de tus pasos y nada te saciará salvo esos recuerdos amargos. Y solo, en esa vieja foto, que miras cuando nadie te ve está la verdad, en una absoluta desesperanza y certeza de lo funesto de tu destino. No amén sobreviviendo, háganlo entregando el alma al diablo. En el extremo de los barrancos de la locura. Así hay que amar: sudando en la cama, anhelando la saliva del otro como si fuera ambrosía. O la muerte, negra, implacable y certera, en cada paso que des, en tu divina belleza, te recordará que no habrá paz en tus días, jamás, ni otra primavera. Reina de la nieve, cuerpo de cera que no arde ni quema. Mirada al vacío y noches de condena. El amor es vender el alma por un susurro y no una quimera. Ningún bien, fama o gloria, así, valen la pena. Harán del otro un espectro con cadenas. Otra víctima insana de tu falta de coraje y por aferrarte a la pena. Tus facciones se disolverán como la lluvia en la arena. Te irás pudriendo como lo hacen las hojas en un bosque caduco. Poniendo tus palabras y las pupilas al sol, quemando lunas ajenas. Nadie merece ser el mastil de tu bandera si no corre el viento, si tus aves ya no vuelan. Si no mueres por quien te anhela. Tristes los que vagan y sueñan, pobres quien queriendo amar o amando no obtienen recompensa. Pobre diablo el que enamorado no sacia sus apetencias. Dulce muerte, amarga espera, como mueren los planetas cuando terminan las eras.
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