Uno está preso de sus traumas durante una etapa. Están ahí haciéndote daño pero sin advertirlos. Luego los descubres y te destrozan pero no tienes fuerzas ni herramientas, por la edad, para sacarlos del alma. A veces vienen de la familia, la tradición, la enfermedad, la ignorancia o sus costumbres. El siguiente paso es odiarlos, a una edad que se presupone más madura, cuando ya has visto al monstruo cara a cara y te salen las primeras palabras. Y empiezas a buscar culpables, derribar estatuas y dioses. Ellos han diseñado hasta tu manera de andar y respirar. Hasta que llega el perdón. La aceptación y la espada que los corta. Y suele ser cuando ya la vida te ha puesto en la cima de la montaña. Entonces renuevas, descartas y despides hasta alcanzar el zenit de la no venganza. Y renaces como un roble. El que pocos pueden talar sin dañarse las manos. Ya no existen el por qué a mí, sino el ahora yo. Todo cambia, todo. Lo inamovible solo es dolor. Y en ese bálsamo, en ese instante ves tu cuerpo deiforme, ante un espejo, con la silueta de aquel niño desnudo ante el tiempo y la vida. En una casi completa paz y justicia contigo mismo.
No es rezar, que también, por mis niños. Es un calzado limpio. Es lo que en el siglo llevan aguardando mis gentes. Una parsimonia de plancha y costura envueltas en ver a qué horas pasas las líneas del tiempo. Es entrar por calle Medina o por Arcos, según se disponga uno, o por Ancha o Merced. Porque las barriadas te exilian sin remordimientos aunque tú barrio fue el que fue. Pero uno entra a Jerez a ver su cofradía por donde entró su padre o su abuelo. Por donde tu abuela guisó los garbanzos con bacalao que todavía huelen a anhelo. Y no es ni de izquierdas ni de derechas. Es el del Cerro fuerte con la melena al viento, o las manos como dos palomas del Prendimiento. O la gente del Chicle, al verlas andar con los faroles en busca de Jesús Nazareno. Y el olor y el sabor del color del Sol. Es un ¡ Qué guasa que llueve! San Francisco en la plaza y San Lucas los Lunes que son breves. Y las Angustias que de Porvenir empieza y por Molineros muere. Que esto no es cuestión de hombres ni de...
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