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La niñez.

La niñez.
Pobre del que odie su niñez, no hay peor castigo. Quizás sea la infancia el filtro más magnánimo que existe. Y el paso del tiempo solo sea una trampa para que lo malo se desvanezca, en un acto piadoso con nuestras almas. La niñez es la patria más verdadera y enarbola la bandera de la ilusión frente a la cruel y necesaria clarividencia de la madurez. Si yo hubiera hecho... eso nos decimos con fina tortura en la almohada para darnos luego el bálsamo de los inconscientes al recordar las herramientas que no tuvimos en la infancia. Somos lo que pudimos ser, creedme. Incluso  la desgana y las motivaciones están supeditadas a los modelos que vivimos, sentimos y practicamos en la primera etapa de nuestras vidas. Y entonces, con cuarenta, te vuelves un poeta de tu infancia y mides tus versos con precisión matemática, como una serpiente muda la piel, porque son medicina. Y todos podríamos ponerlos encima de una mesa si fuéramos osados. Para preparar un banquete con los amigos que estuvieron allí y la habitaron. Los amigos de la niñez, aunque desaparezcan, por los juicios, ideologías, envidias, ego, la economía, el destino y lo inevitable de existir se sienten y siempre son recuperables. Todo lo que sucede a partir de una edad con la amistad es más efímero, aunque puedan llenar huecos más racionales o interesantes pero no supuran tanta espiritualidad. La rapidez del tiempo te tira de la manga mientras antes todo era inmutable y los planetas ni giraban ni se trasladaban. La sonrisa en la emoción de abrazar al amigo de la infancia, tras el tiempo. La certeza de ser reconocido. La adicción que nos proporciona la comodidad de tiempos pasados, porque están vividos y por tanto dominados sin incertidumbres ni anhelos o falsas expectativas. El niño y la ilusión, no sometido a la maquinaria hermética de rutinas para tener que producir, es libre si dispone de sustento y ocio. Y lo tuvimos, y aunque no fuera tu caso, ese filtro ahora todo lo relativiza. No existe mala madre para un niño, salvo en casos abobinables. No hay malos padres para un niños salvo en casos imperdonables. Pero solo a una edad tardía se reconocen. La etapa de la sorpresa, la vida de las mariposas que solo vuelan durante un día pero que al siguiente siempre resucitan. Donde no hay ninguna negra. Esa vida la vivimos y la nostalgia, que puede matarnos por sobredosis, puede ser el opio de los que quizás, ante la falta de esperanza o imaginación, se aferran al calor del sol más grato y reconfortante. La niñez.

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