Hay cosas que uno sueña que ni son ni serán hechas y el pensamiento es libre de gustarse en ellas.
Sombrías, vengativas, bellas o eternas; las dudas de un mar de posibilidades eternas.
Mas no hay en el mundo sentencia más seria un amor alejado como una estrella.
Ser adicto a un olor es estar condenado a la mayor de las penas.
No hay rosa, ni perfume, orquídea ni esencia que la fragancia de un cuerpo lácteo, almibarado o de menta.
Aun en el sudor de la mañana o en el pesar de las noches lentas, te acercas.
Inspirando el nácar que no se huele pero se sueña; nada hay más suculento que el bocado que no se prueba.
Hay adicciones prohibidas, malditas, serenas y horrendas. Que anhelan el fin del mundo si por ello sacias la lengua.
Se detienen los jilgueros de los jardines ingleses aunque no haya tormenta.
A esperar que pases con tu vestido blanco, cargado de la miel más fresca que transportan las abejas.
Sombrías, vengativas, bellas o eternas; las dudas de un mar de posibilidades eternas.
Mas no hay en el mundo sentencia más seria un amor alejado como una estrella.
Ser adicto a un olor es estar condenado a la mayor de las penas.
No hay rosa, ni perfume, orquídea ni esencia que la fragancia de un cuerpo lácteo, almibarado o de menta.
Aun en el sudor de la mañana o en el pesar de las noches lentas, te acercas.
Inspirando el nácar que no se huele pero se sueña; nada hay más suculento que el bocado que no se prueba.
Hay adicciones prohibidas, malditas, serenas y horrendas. Que anhelan el fin del mundo si por ello sacias la lengua.
Se detienen los jilgueros de los jardines ingleses aunque no haya tormenta.
A esperar que pases con tu vestido blanco, cargado de la miel más fresca que transportan las abejas.
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