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Un aplauso.

Un aplauso para esa gente que va de moderna, progresista y luego vota a la derecha o la ha votado desde la transición.
Un aplauso a los que disfrutan de los derechos de la lucha de clases.
Un aplauso a los que odian que les quiten veinte euros de sus impuestos pero no saben que jamás podrían pagarse la cura de un cáncer, salvo que dilapidaran sus ahorros, si los tuviesen, si la sanidad fuera privada.
A los de la represión antes que la educación.
Un aplauso a los que no heredarán ni una naranja y se manifiestan para que los adinerados hereden sin pagar impuestos.
Un aplauso a los que ven en su esfuerzo personal el éxito obviando que con más competencia, quizás, no serían nada. Aunque estuvieran sobradamente preparados.
Un aplauso a los que odian a los sindicatos y han disfrutado toda su vida de trienios, pagas dobles con sus vacaciones y han votado a partidos que vilipendia la acción sindical.
Un aplauso a quienes han visto a sus hijas e hijos divorciase y abortar pero votan a partidos que anhelan su restricción o prohibición.
Un aplauso a los que odian la política pero están todo el día opinando sobre ella.
Un aplauso a los nostálgicos de las dictaduras en las que tuvieron piojos y miserias.
Un aplauso a los que ven en la igualdad de oportunidades un refuerzo para vagos.
Un aplauso a los que ven un peligro en la ayuda a la dependencia o el PER pero no dicen nada de los testaferros y los paraísos fiscales del capitalismo y su corrupción.
Un aplauso a los que ven en la imagen de un maricón un atentado y se silencian ante la pederastia de los sacerdotes.
Un aplauso a los que ven en un colectivo que cobra bien una amenaza, por envidia, y no un logro.
Un aplauso a los que creen que los mercados y la economía son libres, y los estados solo hacen entorpecerla.
Un aplauso a los que no recuerdan nada ni quieren hacerlo.
A los de la bandera antes que la miseria.
A los de la tradición antes que la reivindicación.
A los que desean la distinción, basada en su frustración, y no la igualdad entre hombres y mujeres.
Y sobre todo un aplauso a los que la vida les puso delante mil ventajas sociales y siguen creyendo que la libertad es un mal. Porque no se fían ni de ellos mismos.

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