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Sentirse olvidado.


Sentirse olvidado.

Crisis económicas, despidos masivos, clausulas abusivas creadas de la nada por los bancos con la intención de cobrar y quedarse con tu vivienda hasta que la ley en Europa las tumbe, si las tumba. Esperar y ganar dinero, demorar las sentencias y en algún caso no acatarlas. El incremento imparable del precio de la luz, la falta de dinero para la sanidad, las listas de espera, el alquiler abusivo en ciudades donde un edificio que albergaba a familias honradas ahora está habitado por turistas desalmados. Rescates bancarios, amnistías fiscales, revisión de convenios a favor de los multimillonarios de la ropa en Bangladesh, licitaciones de obras públicas a dedo, malversación de fondos, privatización de empresas públicas, como la que te lleva el agua a casa, para regalarla a sus amigos de su club social. Incremento de la deuda publica, supeditar cualquier inversión al pago de ésta, especular con el dinero y que los bancos, a un tipo de interés mafioso, preste dinero a los ayuntamientos. Destrucción de comedores en los colegios para que el dueño de un catering que paga cinco euros a la hora, sin que garantice la más mínima dignidad culinaria a los niños, se embolse tu dinero. Dictadores con cruces y frailes falangistas. Lista de “funcionarios feminazis”. Trabajar y no tener para pagar y sobre todo sentirse olvidados. ¿ Les suena?

Sentirse olvidado. ¿ A quién no le ha pasado eso con algún amor, en la familia, en el trabajo o en un grupo de amigos? La necesidad de llamar la atención se nos presenta y si al principio las formas son correctas, cuando uno está al borde de la soledad más desesperada recurre incluso al desprecio por uno mismo. Instalando la culpabilidad y a continuación engendrando odio. Y el odio tiene sus herramientas. Cuando el círculo de protección, ese que estaba garantizado, según decían, por el libre mercado y la globalización falla, ¿ sabéis qué hacemos? Creamos otro dentro de él e inventamos realidades paralelas donde poder estar a salvo. Pero a ese círculo le hemos de dar forma y fondo. Y comenzamos a rellenarlo de banderas, de nacionalismo y en forma de auxilio y gritando decimos que somo mejores y diferentes porque lo otro nos ha abandonado para despreciarnos. Agarramos la bandera para sentir porque antes te encontrabas muerto, cantamos los himnos para agarrarnos de las manos y ver en la mirada del otro tu misma precariedad y desasosiego. Y detrás de ese círculo, cuando este falle habrán otros que quieran crear otros más minúsculos. Pero los símbolos se agotan por el sobre uso y pierden su valor. Y cuando la bandera te falle la violencia será una tentación aun mayor para huir de las frustraciones.

Nunca se ha de poner a ningún ser humano es la tesitura del olvido y de la exclusión, porque aunque conozca qué es el neoliberalismo, el comunismo, la socialdemocracia, el fascismo o el anarquismo irremediablemente tirará de sus emociones. Obviando datos científicos, rechazando verdades empíricas. Exclusivamente sólo le saciará su venganza en contra de quien considera su opresor pero sin ver la causa con globalidad y objetividad. Y ahí es donde surgen los populismos, el sentimiento independentista de naciones que convivían perfectamente con su supuesto colonizador y sobre todo el miedo, el racismo, la venganza y el individualismo de emprendedores que obvian lo productivo del colectivismo y las posibilidades de las ciudades. Sentirse olvidados, hacer que nos olviden. Esa es su estrategia. Conociendo de sobra lo que por las redes sociales se cocina te invitan a degustar su pastel. Un dulce precocinado para que mueras de diabetes a la par que ellos engordan sus cuentas corrientes. Y sobre todo para que los votes desde las tripas. Porque ya están secas y te duelen.

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