El deseo.
Ni un duro en el
bolsillo, pero eso sí, una camisa extraordinaria muy bien planchada
por su madre. La virgen del Carmen en el cuello y el pelo perfecto.
Ni muy largo ni muy corto, lo suficiente para que el peine que tenía
en la cartera para amoldar y rajar alguna cara hiciera su labor. Un
hombre afeitado vale por dos y él lo sabía, eso le decía su padre.
Las volvía loca, castigando, al entrar en el garito donde siempre
quedaba con su esbirros. Él no tenía amigos, así al menos quería
que fuese. Necesitaba compañeros de noche donde el whiskey con soda
y alguna que otra raya de cocaína iba a ponerlo en la órbita
precisa para la ocasión. La gran habilidad de no parecer nunca ebrio
y su altura de más de un metro ochenta, junto a su delgadez lo hacía
debutar como el puto Cary Grant cada sábado. Pero sólo tenía un
problema, Eva. Eva y su cara, su pelo, su indiferencia y su gesto de
mala. Instalada en la crueldad que tienen las mujeres cuando saben
que son bellas y apartan con el tacón a cualquier pretendiente
osado, sabedor que jamás podría tocar a esa diosa de acero y
maquillaje.
El paquete de cigarrillos Winston 100, y el poco de Atkinson English Lavander eran los únicos puntos británicos que ese latino concedía a su estilo. Una vida plagada de fracasos laborales y académicos que olvidaba los sábados por la noche. Donde al bailar en la pista recitaba los versos de los poetas romanos. Puro músculo, soldado del sexo y del amor. Maestro de la desolación. Todas estaban cautivas sin remisión y sin saberlo enamoradas de él. Pero él sufría por estar enamorado de Eva. Reina de los desolados y bestia bella de la ingratitud. Diosa del exterminio de los hombres que olía sin necesidad de perfume. ¡ Qué olor cuando sudada! Eso se decía siempre... ¿ A qué sabe ese olor? Lo mantenía en el paladar, previo paso por su nariz, como un néctar azucarado. Ese olor lo ruborizaba, lo soliviantaba y lo ponía iracundo. Contenía erecciones con ese olor inmediato. Sin saber que no estaba vivo sino muerto por su voluntad. Ella, Eva, estatua de ébano, negra como la Esfinge del Nilo. Lo mantenía entregado al holocausto que produce el querer y no poder. Se saciaba con otras mas sólo acrecentaba su sed vampírica. Nada podía sacarlo de esa idea. Nada podía sacarlo del volcán en erupción que era Eva. Ningún placer ni ninguna posibilidad. El deseo de poseerla, olerla, degustar sus senos y tocarla. El deseo y las ganas de vivir en ella. El deseo.
El paquete de cigarrillos Winston 100, y el poco de Atkinson English Lavander eran los únicos puntos británicos que ese latino concedía a su estilo. Una vida plagada de fracasos laborales y académicos que olvidaba los sábados por la noche. Donde al bailar en la pista recitaba los versos de los poetas romanos. Puro músculo, soldado del sexo y del amor. Maestro de la desolación. Todas estaban cautivas sin remisión y sin saberlo enamoradas de él. Pero él sufría por estar enamorado de Eva. Reina de los desolados y bestia bella de la ingratitud. Diosa del exterminio de los hombres que olía sin necesidad de perfume. ¡ Qué olor cuando sudada! Eso se decía siempre... ¿ A qué sabe ese olor? Lo mantenía en el paladar, previo paso por su nariz, como un néctar azucarado. Ese olor lo ruborizaba, lo soliviantaba y lo ponía iracundo. Contenía erecciones con ese olor inmediato. Sin saber que no estaba vivo sino muerto por su voluntad. Ella, Eva, estatua de ébano, negra como la Esfinge del Nilo. Lo mantenía entregado al holocausto que produce el querer y no poder. Se saciaba con otras mas sólo acrecentaba su sed vampírica. Nada podía sacarlo de esa idea. Nada podía sacarlo del volcán en erupción que era Eva. Ningún placer ni ninguna posibilidad. El deseo de poseerla, olerla, degustar sus senos y tocarla. El deseo y las ganas de vivir en ella. El deseo.

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