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La mañana de Navidad.


Se acerca la mañana de Navidad y temprano me iré para mi barrio, La Granja, esa barriada que era una isla solitaria y con acento serrano, a cuatro kilómetros de Jerez, en el fin del mundo, como decía mi abuela. Ella que nunca se acostumbró a su destierro de aquel barrio de San Miguel, de su Cerro Fuerte, y que cuando cogía el tranvía para ir a la plaza era una odisea para ella. Todavía la recuerdo bajarse con algún juguete, del Villamarta -La Granja, y su bolsa de pescadilla de Cádiz. No hay mejor día de Navidad que una mañana soleada y fría en tu sitio. Con ese olor peculiar que todos los barrios en Jerez tienen por la helada de la noche que se evapora, resistiendo ante el sol de la mañana.
Mi madre estará guisando un pavo en oscurito y mi padre, entre las últimas compras y recados, se tomará una copita o dos de oloroso en el bar. Irremediablemente llegará contento y con la intención de invitarme se tomará otra. Yo seguiré ese ritual con él y con ese Sherry generoso brindaremos. Su sequedad en la garganta junto a una cuñita de queso, que robaremos de la despensa, nos reconfortará en una mirada cómplice y gustosa. Mis mujeres, esas que son faros para mí, estarán también convidándose y nos dirán que no bebamos mucho, que la noche es muy larga y nos es cuestión de meter la pata. En el barrio no hay muchas cosas que cambien cada año pero esa rutina reconforta, y sabiendo que puede haber otras posibilidades la querencia siempre es esa. Cruzaré el puente, el de la pescadería de Pacote. Saludaré a mis vecinas, echaré un vistazo a Antonio el de Bar, y llamaré a mi hermano para que se traiga a los niños pronto, que mamá tiene el pucherito con el arroz listo para todos. Así lo haré, como todos los años.
Las niños abrigados en las plazoletas, entre los naranjos, ya disfrutan de las vacaciones y los vecinos en el almacén de Salvador comprarán, por olvidadizos, la latita de pimientos que hace falta para culminar la ensaladilla rusa. Veré las caras de siempre, de los de toda la vida, los que no fallan, aunque algunos sólo estén ya en el recuerdo de la memoria. Ellos encuentran en lo rutinario y en las costumbres positivas una zona de confort que pelearían hasta la muerte. En esa cálida sensación de volver a la plazoleta me paro y la respiro con los ojos cerrados. Inhalando recuerdos con una melancolía dolorosa pero dulce. Con esos portales rojo inglés y sus ladrillos amarillos. Todos te invitan a saber que en cada bloque hay un alma que no te negará una charla, un recuerdo o una anécdota reconfortante. Porque yo soy uno de los suyos.
Tras almorzar con gusto ese pavo que mi madre ha sabido administrar para que haya un buen caldito, tomaremos pestiños con una copita de anís, un manjar que mi abuela todavía degusta a pesar de su avanzada edad y es que los cien ya le pilla más cerca que los noventa. Mi madre en la sobremesa le dirá a mi padre: anda acuéstate ya y ponte un botijo en los pies, pesado. Me meteré en la salita a hablar con mis mujeres tomando café, gustándome en sus maneras, entrando en sus miradas y en su agotamiento. Porque todavía ellas llevan el peso machista de ser las que preparan toda la parafernalia gastronómica, sin duda una injusticia. Luego colocaré las botellas de bebidas largas, el Brandy y los dulces, adornaré el salón como mi madre diga, y recibiremos a mis tíos y a mis primas.
En un ritual que siendo sencillo es incomparable con cualquier otra cosa que pueda imaginar. La siesta me dará fuerza suficiente para ir, al terminar la tarde, a por hielo y observar como por el bloque, como hormigas, llegan los vecinos. Bien planchados y honrados. Dispuestos a celebrar otro año más, recordando a los que ya no están y obviando todos los problemas que se pueda en esa noche de villancicos. En una tregua bonita y añeja. Donde al margen de que cada cual interprete la fiesta como quiera, sus gustos, ideales o formas, es imposible no emocionarse y sentir que uno vuelve atrás. Al mayor de los tesoros que un ser humano debería tener, su niñez.

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