Hay rincones que están llenos de verdades. Y las infancias son las verdaderas patrias de los hombres. Esas sí son las banderas por las que hay que luchar y desangrarse. De soldado a general. En la guerra o en la paz. Asi son las naciones que rigen el mundo. Así hay que cuidar la infancia de un niño. Y en la hora de la muerte, en la vejez, cubrir la sepultura con ese trozo de tela. Ondeando con fuerza, y con el cuerpo como mástil. Asi estaremos llenos de orgullo por lo pasado y lo vivido.
No es rezar, que también, por mis niños. Es un calzado limpio. Es lo que en el siglo llevan aguardando mis gentes. Una parsimonia de plancha y costura envueltas en ver a qué horas pasas las líneas del tiempo. Es entrar por calle Medina o por Arcos, según se disponga uno, o por Ancha o Merced. Porque las barriadas te exilian sin remordimientos aunque tú barrio fue el que fue. Pero uno entra a Jerez a ver su cofradía por donde entró su padre o su abuelo. Por donde tu abuela guisó los garbanzos con bacalao que todavía huelen a anhelo. Y no es ni de izquierdas ni de derechas. Es el del Cerro fuerte con la melena al viento, o las manos como dos palomas del Prendimiento. O la gente del Chicle, al verlas andar con los faroles en busca de Jesús Nazareno. Y el olor y el sabor del color del Sol. Es un ¡ Qué guasa que llueve! San Francisco en la plaza y San Lucas los Lunes que son breves. Y las Angustias que de Porvenir empieza y por Molineros muere. Que esto no es cuestión de hombres ni de...

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